Imagen realizada con Inteligencia Artificial
Imagen realizada con Inteligencia Artificial
Por Armando Rodríguez Barraco
26 de septiembre de 2024
Nos encontramos una vez más, en la historia de la humanidad, ante una encrucijada o al menos frente a una ilusión de libertad entre dos opciones: inteligencia artificial sí o inteligencia artificial no.
Esta experiencia no es nueva, ya la hemos vivido con el desarrollo de otras tecnologías a lo largo de nuestra historia. Mirando desde el presente hacia el pasado, y solo por nombrar algunos de estos eventos tenemos: el despliegue de la internet luego de mediados del s. XX; el descubrimiento y desarrollo de la energía nuclear a comienzos del s. XX; la aplicación de la electricidad a la vida cotidiana a finales del s. XIX; el surgimiento de las máquinas de vapor a partir del s. XVIII que impulsaron la revolución industrial dejando numerosas personas sin empleo; la invención de la imprenta de tipos móviles en el s. XV; continuando en el mismo orden de cosas, la aparición de los códices, o libros, como los conocemos hoy en día, a principios de la era cristiana; y para terminar esta enumeración parcial y arbitraria, la aparición de los primeros sistemas de escritura entre los s. XXXV y XXX a.C.
El advenimiento de la escritura liberó al ser humano del lastre de la materialidad para desarrollar un pensamiento más abstracto y original, es decir, más parecido a sí mismo. Con la escritura se vio libre de la dependencia de rimas y técnicas de memorización para conservar y transmitir su pensamiento y su cultura.
El temor frente a un nuevo producto tecnológico humano no es algo original y parece estar arraigado en lo más profundo de nuestro ser. No es la primera vez que los agoreros han visto la posibilidad de señalar un cambio social y cultural radical acompañado de catástrofes y desgracias indecibles.
Esto me recuerda al mito egipcio de Theuth y Thamus que el mismísimo Platón pone en boca de Sócrates en uno de sus diálogos, el Fedro o de la belleza. El dios egipcio Theuth se presenta ante el rey Thamus para ofrecerle variadas artes útiles para entregar a la humanidad, siendo el soberano quien decide que aprueba y que no. Entre las varias habilidades que ofrece se encuentran las «letras». LLegado el turno de estas el dios presentó al monarca este don afirmando que dicha destreza haría más sabios y memoriosos a los hombres, a lo que Thamus replicó:
«No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad». (Platón, 2007, pp. 275a-275b)
La respuesta de Thamus escrita por Platón en el s. IV a.C. pone en evidencia que la escritura, como desarrollo tecnológico, no fue siempre bien considerada como pensaríamos hoy en día. Agreguemos a esto que la escritura fue, durante siglos, un privilegio reservado para unos pocos. Pero volvamos a lo nuestro.
La humanidad y su historia continuaron sus caminos independientemente de los detractores de la escritura. En rigor de verdad, se produjeron innumerables cambios con esta invención, algunos de ellos insospechados para el propio Thamus. La representación escrita de la realidad fue un paso más que significativo del ser humano ya que no solo registró con ella el mundo, sino que le dió un significado particular, lo hizo «su» mundo. Al mismo tiempo que hacía del mundo su mundo, transmitía ambos mundos, el natural y el suyo, a las futuras generaciones lanzando su conocimiento y su experiencia en la historia para que estuviera a disposición de todo aquel que pudiera y quisiera acceder a ellos.
Gracias a la escritura la humanidad pudo dar forma a sus pensamientos, y en consecuencia pudo romper las barreras del tiempo y del espacio generando la posibilidad de diálogo con seres humanos de otras épocas y lugares. Si no hubiera sido así no podríamos haber sumado a esta reflexión a Platón, griego de hace más de dos mil trescientos años atrás. Si este no fue un invento tecnológico disruptivo no se que podría serlo.
Ahora bien, por qué pensar en el surgimiento de la escritura invocando a Platón y a Sócrates cuando en verdad sobre lo que queremos reflexionar es sobre la Inteligencia Artificial (en adelante I.A.). Porque en el temor casi reverencial que tienen hoy algunos críticos sobre la I.A. aparecen algunas ideas o nociones que considero interesantes explorar, una de ellas ya expresada en el miedo mismo a la aparición de una tecnología disruptiva como en el caso de la escritura.
Otra idea interesante es la atribución a la I.A. de una cuasi divinidad asignándole omnisciencia y omnipotencia, entre otras cualidades. Tal vez más la primera que la segunda en estas primeras etapas de desarrollo aunque en su veta creativa ya habrían rasgos omnipotentes. En todo caso, y a mi humilde entender, la I.A. debería ser entendida más como el demiurgo platónico, siguiendo con el pensamiento de este griego. El demiurgo era aquel que tomaba las ideas ya existentes del hiperuranio y las imprimía en la materia del mundo sensible «generando» las «copias» de las cosas que vemos en el mundo natural. La I.A. no puede ser entendida como un dios creador porque no crea nada, trabaja con lo que ya tiene.
Tengamos presente que la I.A. es una «creación» nuestra, de los seres humanos, que tampoco creamos nada hablando con precisión, sino que transformamos lo que ya existe. Es más, estamos «creando» la I.A. a nuestra imagen y semejanza, con muchas de nuestras limitaciones, errores, prejuicios y sesgos, por lo tanto, de divinidad, poco. También es cierto que, en cuanto a capacidad y velocidad de cálculo y de acceso a información o datos, ha superado a su creador y maestro, al ser humano. Pero por esto no deja de ser una máquina hipercompleja que calcula o computa, que simula y emula una inteligencia, por más bellos e intrincados resultados que nos ofrezca. Vale aclarar además que tiene acceso a mucha información pero no a toda, ya que esto es imposible. No todo lo que existe, existió y existirá, está contenido en una base de datos.
Evidentemente la cosa no estaría yendo por allí. Y si entendemos esto, veremos que el temor expresado es como aquel que tiene Víctor Frankenstein por su criatura, es decir, que lo que hicimos se rebele y nos desobedezca, nos ignore y prescinda de nosotros en el mejor de los casos. En un escenario más extremo, que la I.A. se vuelva en contra nuestra, sus creadores.
La I.A. es una invención humana que, nos guste o no, lleva nuestra marca, nuestra impronta. Tal vez sería saludable hacernos las siguientes preguntas: ¿Por qué creamos la I.A.? ¿Será, justamente, para sentirnos o autopercibirnos como «creadores»? ¿Como dioses? Y seguido a esto, ¿para qué necesitamos la I.A.? ¿Para ayudarnos a pensar o para que piense por nosotros?
De las respuestas a estas preguntas dependen muchos de los temores surgidos en torno a la aparición de la I.A. en nuestros días. Si como seres humanos delegamos nuestra capacidad de imaginación, creatividad y raciocinio en una máquina calculadora hiperveloz con acceso a mucha información, habremos comenzado a hacer realidad los escenarios más nefastos pintados por los agoreros de turno. Por otro lado, si nos apoyamos en la I.A. para potenciarnos, para multiplicar las posibilidades de nuestra propia razón, nuestra creatividad y nuestra imaginación, teniendo como horizonte el bien común para toda la humanidad y para el mundo, otra será la realidad que advenga.
Esta disposición sería conveniente que encontrara sus raíces en aquellos que diseñan la I.A. y en aquellos que la utilizan, particularmente los que están en formación y desarrollo de estas capacidades.
Debiéramos ser muy cuidadosos en la manera en que usamos e incluimos la I.A. en las escuelas ya que uno de los riesgos reales que se presentan es que los estudiantes usen esta herramienta tecnológica para cumplir con una tarea asignada por un docente ignorando el aprendizaje, estrictamente hablando. Con esto quiero decir que todo aprendizaje es un proceso propio, individual e indelegable que realiza cada persona con esfuerzo durante un tiempo determinado. Sin tiempo ni esfuerzo no hay aprendizaje, y en consecuencia, no hay desarrollo de capacidades.
El resultado de un escenario de estas características sería desgraciado, con seres humanos idiotas y brutos conviviendo, si esto fuera posible, con potentes y refinadas calculadoras pero inútiles, porque no tendrían un usuario inteligente, valga la ironía, con el cual interactuar. De allí la necesidad imperiosa e ineludible de incorporar la I.A. en la educación siendo conscientes de sus riesgos y posibilidades, sus defectos y virtudes en la formación intelectual de una persona.
Es simple, «If you don’t use it, you lose it» («Si no lo usas, lo pierdes») dice el refrán popular. Si no aprendemos, si no nos instruimos en el uso de la razón, la imaginación y la creatividad, perderemos estas facultades que nos hacen ser quienes somos. Su utilización es fundamental para nuestro desarrollo cognitivo y esto es lo que está implícito en la crítica de Thamus.
Dependerá de nosotros el lugar que ocupemos en la historia que está todavía por ser escrita, ya sea la nuestra o la de la I.A. Ella asistiéndonos y potenciando nuestras capacidades o nosotros sometiéndonos a sus «maravillas». Recupero nuevamente esta pregunta: ¿para qué queremos la I.A.? Si la pregunta fuera sobre la posibilidad de delegar nuestra capacidad de pensar en otro ser, humano o no, es decir, que otro piense por nosotros y decida por nosotros, la respuesta sin lugar a dudas sería que no. Pues lo mismo aplica para la I.A. A usarla entonces y a potenciar lo mejor de nosotros como seres humanos.
Bibliografía:
Ong, Walter. 2021. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Platón. 2007. "Fedro." En Diálogos III. Madrid: Gredos.
Rshaid, Gastón. 2024. La escuela inteligente: cómo aplicar la IA para revolucionar la educación. Buenos Aires: Aique.
Shelley, Mary. 2015. Frankenstein o el moderno Prometeo. Buenos Aires: Penguin.
Cómo citar este artículo:
Rodríguez Barraco, Armando. 2024. "Inteligencia artificial: Una reflexión sobre nosotros mismos en la era digital." Rodríguez Barraco (sitio web), 26 de septiembre. https://sites.google.com/view/rodriguezbarraco/artículos/inteligencia-artificial-una-reflexión-sobre-nosotros-mismos-en-la-era-digi.