Imagen realizada con Inteligencia Artificial
Imagen realizada con Inteligencia Artificial
Por Armando Rodríguez Barraco
12 de julio de 2024
En un mundo cada vez más complejo los jóvenes de hoy se enfrentan a desafíos sin precedentes con un grado de indefensión más grande que en otras épocas. La soledad, la falta de sentido, la virtualidad omnipresente y la incertidumbre sobre el futuro generan grandes dificultades en muchos niños y jóvenes en torno a la construcción de relaciones saludables y al desarrollo de sus potencialidades. Consideramos que una de las múltiples causas de esta situación se encuentra en la creciente ausencia de figuras adultas responsables en sus vidas.
A finales de los ‘90 y comienzos del nuevo milenio se hablaba mucho del deseo aspiracional de la humanidad a alcanzar la tan codiciada «eterna juventud». Esto se ponía de manifiesto ya sea desde la elección del guardarropas hasta las modificaciones físicas necesarias para dar con ese resultado tan buscado, ser jóvenes para siempre.
Hace mucho que este discurso ya no se escucha, ni de parte de sus defensores y de sus detractores. Será tal vez porque en la vorágine del mundo actual esto dejó de ser algo importante, se convirtió en un cliché, se naturalizó o simplemente pasó de moda. No obstante, la realidad siempre se impone sobre todas las fantasías y construcciones humanas. Los «eternos jóvenes» que pasaron del discurso al acto y las consecuencias de este mundo superficial se encuentran más que nunca ostensiblemente entre nosotros. Un mundo sin raigambre, frágil y etéreo como la generación actual de niños y jóvenes. Una realidad en la que todo fluye menos el sentido común y los vínculos humanos sanos.
La punta del iceberg quizá hayan sido antes las ropas y las cirugías estéticas, y/o las modas alimenticias o las rutinas en los gimnasios ahora, pero debajo de esa primera capa sintomática se encuentra otra más perniciosa. Con esto de querer ser jóvenes para siempre dejamos de cumplir funciones propias de la adultez. Dicho más claramente, comenzamos pretendiendo y terminamos dejando de ser «adultos». Es verdad que toda generalización encierra cierta falsedad e injusticia, pero también guarda cierto grado de certeza. Sin embargo, también es cierto que la mayoría de la generación adulta de hoy no hace las veces de adultos.
En los tiempos que corren ya se ha naturalizado que un padre o una madre no sea tal sino, y en el mejor de los casos, un par o amigo de sus hijos. Y digo en el «mejor de los casos» porque la mayoría de las veces los verdaderos jóvenes son los que están mandando en sus casas. La influencia de los niños sobre las decisiones adultas se ha impuesto casi irremediablemente; y los adultos cronológicos, por la razón que fuera, ya sea por un supuesto miedo a perder el cariño de sus hijos, o por un sentimiento culpógeno por no estar el tiempo que les gustaría pasar con ellos, entre otras cuestiones, se han convertido en súbditos de estos obedeciendo ciegamente a sus demandas y caprichos.
El «corrimiento» de los adultos en nuestra sociedad actual es más que evidente y preocupante, no por el hecho en sí mismo sino por sus consecuencias. Las próximas generaciones están creciendo y formándose a la manera del mito del buen salvaje desarrollado por Rousseau, es decir, naturalmente, como animales, sin el aporte y soporte de otros seres humanos. Sin el verdadero apoyo y acompañamiento de las generaciones anteriores, los mayores. Y está suficientemente demostrado por la psicología y la antropología que los resultados de esa manera de crecer son catastróficos.
Nuestros niños y jóvenes están creciendo más solos que nunca. Muchos de ellos muestran dificultades importantes en relación a la vinculación con los demás, lo cual trae inexorablemente aparejado dificultades en el aprendizaje y el desarrollo de capacidades fundamentales para acceder más adelante al mundo de la vida y del trabajo. Como sociedad estamos creando generaciones incapaces, o dicho de otra manera para que quede más claro, estamos incapacitando a la próxima generación. Una generación que no ha aprendido y no está aprendiendo a vivir con otros.
Y esto no acaba aquí. Esta es simplemente una de las múltiples puntas de esta enmarañada cuestión, una de las tantas vías de acceso posibles para pensar este asunto. Otro elemento para complejizar el panorama es inequívocamente uno de los signos de nuestros tiempos, la disociación de la realidad entre lo «real presencial» y lo «real virtual», asunto no muy sano de arranque. Y lo señalo de esta manera porque para los jóvenes de hoy ambas son reales, hasta el punto tal que lo «virtual» muchas veces es más real que lo «presencial», cuestión que profundiza aún más el tema de la frágil sanidad mental de estas nuevas generaciones.
En la «realidad virtual» los niños y jóvenes están creciendo de manera silvestre en un terreno agreste y descuidado por los adultos en donde cada uno hace la suya, lo que le viene en gana, y es aparentemente rey y soberano de su terruño digital. Por lo tanto, todo apariencias, todos encadenados al fondo de la caverna, diría Platón. Todos pretendiendo ser libres pero al fin de cuentas todos esclavos.
Jonathan Haidt en su último libro, «La generación ansiosa», habla de la conjunción de dos situaciones que originaron este «descuido» o desprotección de los niños y jóvenes, a saber, el temor de los adultos frente a los riesgos del mundo exterior, lo cual llevó a restringir la libertad de los niños en la «realidad presencial»; y la confianza que les brindaba a los padres la «seguridad» del hogar dándoles una libertad irrestricta en la «realidad virtual», cosa que todo el mundo hace y que nadie, o muy pocas personas, cuestionan al día de hoy. Convengamos que es mucho más fácil darle a un niño un dispositivo tecnológico, una pantalla, para que se entretenga y no «moleste» mientras el adulto hace sus cosas, que un niño libre que requiere supervisión, atención y cuidado.
Al final, las familias no dejaron que sus hijos salieran a la calle a jugar e interactuar con otras personas y aprendieran de esto por temor a lo que pudieran encontrarse afuera de sus casas pero habilitaron los dispositivos digitales, portales a través de los cuales un mundo infinitamente desconocido ingresó a sus hogares e interactuó con sus ellos sin supervisión alguna creyendo ilusoriamente que estaban a salvo dentro del ámbito familiar. Pensando en el cuento de «Caperucita y el lobo» como ejemplo de esto, podría ser algo así como que le prohibimos a los niños salir a jugar afuera por temor al lobo pero invitamos al lobo disfrazado de abuelita a casa para que jugara con nuestros hijos dentro sin saberlo pero sin investigar demasiado a la «abuelita», total todo el mundo lo hacía y lo sigue haciendo.
Los «adultos», padre, madre o responsable, algunos por desidia, otros por conveniencia, y otros por ignorancia, renunciaron al cuidado de sus hijos, corriéndose de su función paterna o materna, tercerizando lo propio de su responsabilidad y delegando la misma en agentes externos. Estos agentes externos muchas veces han sido los abuelos, la escuela o el propio Estado como benefactores deseables e ideales. Luego están los indeseables, a saber, la virtualidad, la calle, las bandas, y todo lo que esto trae consigo, como consumo problemático de sustancias, ludopatías, violencia y delincuencia, por sólo nombrar algunas. Vale aclarar que este corrimiento es generalizado, no empieza y acaba en las familias sino que se prolonga a todos los ámbitos de nuestra sociedad. Son pocos los adultos verdaderamente presentes en las vidas de los jóvenes de hoy.
Lo llamativo es que parecemos, y somos, incapaces de cuestionarnos a nosotros mismos sobre este asunto. Delegamos funciones y responsabilidades pero no queremos que nos molesten cuando algo no sale como lo esperábamos y nos vemos forzados a arremangarnos y a ponernos «manos a la obra». Frente a un conflicto o hecho disruptivo, el que sea, de un jóven o un grupo de jóvenes nos preguntamos, ¿En dónde está la escuela? ¿En dónde está el Estado? Cuando la pregunta debiera ser ¿En dónde están los padres? ¿En dónde están los adultos responsables? Y con estas preguntas me da la sensación de transportarnos en el tiempo para escuchar a nuestros abuelos diciendo, con sus palabras, estos cuestionamientos propios de adultos.
Ni la escuela, ni el Estado, ni ninguna otra institución como tal puede dar respuesta a las demandas de una sociedad desorientada y banalizada por la superficialidad y velocidad del instante, la dinámica de las redes sociales y sus modelos deseados tales como la fama de influencers, los filtros y la editabilidad de la imagen, la mostración obsesiva, el éxito efímero, la disolución del límite entre lo privado y lo público, la ilusión de verdad, y las fake news entre otras. Una sociedad en la que los adultos han renunciado a ser adultos. La crisis social en general, y educativa en particular, es en verdad una crisis cultural, civilizatoria, en la que se ha dado una escisión entre el pasado y el futuro separados por un presente fugaz, fluido y vaciado de todo contenido.
Una ínfima parte del origen de alguno de los problemas que nos aquejan como sociedad está en esto. En que los mayores nos hemos corrido, nos hemos enfrascado en nuestro mundo, pretendiendo ser lo que no somos, delegando en otros nuestra responsabilidad (escuela, Estado, internet, etc.), y hemos dejado solos a los verdaderos jóvenes, a nuestros hijos, que necesitan de nuestra experiencia, nuestro aprendizaje, nuestros consejos y nuestros límites. De nuestros aprendizajes, valga la insistencia, con todas sus virtudes y sus defectos, como lo hicieron las generaciones anteriores con nosotros cuando fuimos jóvenes. Si queremos comenzar a cambiar algo de este mundo cada vez más lastimado podríamos, o deberíamos tal vez, empezar por asumirnos como adultos y hacernos responsables de lo que nos toca.
La crisis de la ausencia de figuras adultas responsables es un desafío que requiere una respuesta de todos. Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar. Como padres, podemos dedicar más tiempo de calidad a nuestros hijos. Como educadores, podemos crear entornos de aprendizaje más seguros y acogedores. Como comunidad, podemos trabajar juntos para construir un futuro mejor para las generaciones futuras. Es hora de actuar y de convertirnos en los modelos a seguir que los niños y jóvenes de hoy tanto necesitan.
Bibliografía mencionada:
Haidt, J. (2024) La generación ansiosa. Barcelona: Deusto
Cómo citar este artículo:
Rodríguez Barraco, Armando. 2024. "Y los adultos... ¿en dónde están?" Rodríguez Barraco (sitio web), 12 de julio. https://sites.google.com/view/rodriguezbarraco/artículos/y-los-adultos-en-dónde-están.